viernes, 21 de diciembre de 2012

Habemus Piojillo - Parte Tres

Un comienzo furioso...


Hice otra llamada. Esta vez a una amiga querida. Le conté la situación, muy nerviosa... en realidad no pretendía que me dé soluciones, sino escucharme a mí misma decir en voz alta lo que estaba pasando. Necesita sentir esa voz amiga. No podía creérmelo... ¿Qué hacía? ¿Llamaba a otro profesional? ¿Me iba directamente al hospital? Hacía unos días leía el parto de mi amiga Nuria, en el que contaba los miedos que tenía: no fueron miedos a que algo fuese mal durante el parto, sino miedo a que cualquier cosa me impidiese parir tranquila en casa y nos hiciese ir al hospital...
Esos eran mis miedos también. Se estaban haciendo reales. 

Las contracciones se hacían más intensas, más largas, más frecuentes. Después de hablar con mi amiga tenía claro lo que haría. Nada me impediría parir como soñaba...

Decidí pedir que viniese otro profesional a valorarme y en función de eso, decidir si ir o no al hospital elegido, de urgencia. Se lo dije a mi matrona y me dio el nombre de su sustituta... No la conocía de nada, pero no podía hacer otra cosa que aceptar. 

La hora había avanzado y llegó la doula del equipo. Escuchó mi enfado pacientemente, apoyando cada una de mis decisiones. Tengo que agradecerle desde aquí lo excelente profesional que es. Quienes me conocen, saben que no tengo precisamente buen carácter y estas circunstancias estaba muy pero que muy enfadada. Paca, la doula, aguantó estoicamente toda mi mala leche y acompañó el momento con amor. 

Un parto a lo "Margareth Tatcher" 

Las contracciones seguían. No eran dolorosas, pero sí molestas. En cada descanso yo dictaba órdenes: pon esto aquí, trae lo otro. No tenemos esto, prepara aquello. Caminaba de un lado a otro pensando en todo aquello que faltaba. Preparé una mochila con cosas para el hospital, escribí un par de cosas para que no se me olvidaran, intenté hasta ir a limpiar Entre Mamás, pensando que me quedaba mucho... pero había tantas cosas sin hacer que finalmente preferí quedarme casa a esperar que llegase la nueva matrona. Mientras hacía todo esto, protestaba: "esto no es normal". 

En poco menos de una hora me cargué todos los esterotipos de parto en casa. No quería música ni luces bajas. Ordené que se encendiesen todas las luces y que se bajaran las persianas. No porque me molestase la luz del día que empezaba, sino porque no tenemos puestas las cortinas. Nunca entré en el "planeta parto", ni desconecté de nada. Pero eso no me sorprendió en absoluto porque sabía que "esa era yo". No me iba a volver zen de repente. Totalmente cerebral, lo único que hacía era abrir un poco las piernas y apoyarme en algo cada que vez que llegaba la contracción, respirar y seguir andando por mi salón lleno de cajas, diciendo a cada uno lo que faltaba por hacer y cómo hacerlo durante los descansos.  Si la situación no hubiera sido real, hubiese parecido una comedia americana...

Me molestaba el ruido infinitamente y cuando escuché inflar la pelota de parto, mandé callar ese ruido-horror que en ese momento me parecía que era como de cadenas herrumbrosas. "No quiero ninguna pelota". Cada vez que tenía una contracción me quedaba quieta y con los ojos cerrados, intentando relajar el útero. No había dolor, pero si era muy molesto y estaba tan enfadada que era incapaz de pensar en olas marinas o pajaritos volando. En ese momento, si alguien me tocaba me invadía una furia infinita y le ordenaba que no me tocase. Como cuando los perros están comiendo y si te acercas, gruñen y enseñan los dientes.... igual.  Aunque mi hija me cuenta que visto el cuadro ahora mismo, era "divertido", en ese momento ella pensaba "que pena... tanto esfuerzo para esto".  Yo, me sentía dueña absoluta de la situación, furiosa sí... pero en control.

El poder de la palabra

Así estábamos y ya eran las nueve. Cada cierto tiempo preguntaba si faltaba mucho para que llegara la nueva matrona. Siempre la misma respuesta "no, ya está cerca". Tenía a mi hija y a Paca apuntando en un papelito los minutos exactos de cada contracción y lo que duraba el descanso. De repente una contracción me obligó a sentarme. Me dolió. Hasta ese momento todo había sido llevadero y relativamente normal para  lo que yo esperaba (he de decir que no aguanto ningún  tipo de dolor... soy muy quejica y esta contracción me pilló desprevenida). Inmediatamente pensé "me duele porque tengo miedo. El miedo hace al dolor..." y se lo dije a Paca: 

Paca, así no voy a poder. Esta contracción me ha dolido. Y me duele porque tengo miedo. Si no tuviera miedo no me dolería nada. Necesito una matrona aquí y ahora. 

Por un momento, en esas dos contracciones horribles, sentí que lo había perdido todo... que se había torcido todo de tal forma que ya no había vuelta atrás. Se iban al garete mis sueños. Entonces, Paca con inmensa tranquilidad me dijo: 

Claro que vas a poder. No necesitas a nadie. Vas a parir tú. Es tu parto.  

Esas palabras, tan ciertas, tan mil veces repetidas a otras mujeres como dogma de fe, fueron bálsamo.  Sentí la fuerza de mil mujeres en mí. Recordé la noche anterior. Los testimonios, las reuniones, las amigas, los abrazos, mi primer parto, el nacimiento de Piojilla que lo cambió todo. Como cuando estás a punto de morir y dicen que pasa la vida por tus ojos... El chip me cambió por completo.
Era todo lo que necesitaba para recuperar el poder y la fuerza. En ese momento pensé. Si, claro que voy a parir. Es mi parto coño. Nada va a arrebatármelo...  y el timbre sonó.

La siguiente contracción volvió a ser llevadera. Recuerdo haber caminado hasta el pasillo para abrir la puerta del edificio, pero mi hija ya se había adelantado. Volví sobre mis pasos para abrir la puerta del piso. Mi amado estaba detrás de mí como una sombra. Dejé la puerta entreabierta y a continuación me apoyé en los brazos de mi marido. Nunca he sentido tanta protección. Y de repente la sensación de pujo estaba allí... 

"Ya no vamos a ir a ninguna parte. Ya no hay tiempo" le dije. Y como si fuera un dèjá vu, la orden: Cariño: quítame los pantalones... quítame todo.

Me desvistieron entre Paca y él, amorosa pero rápidamente. Y entró Aythami. Como una mariposa. Suave. Cálida. Tranquila. Delicada. cuando la vi, pensé que era casi de la edad de mi hija de lo dulce que se la veía, pero a los dos días supe su edad y sus años de experiencia... Sus ojos claros y tranquilos me hicieron sentir bien y confié. "Hazme un tacto, quiero saber cómo voy". 
A pesar de la sensación de pujo anterior, no sé por qué pensaba que me faltaba un buen rato para estar en completa. Por eso, cuando me dijo: 
"Claudia, estás en completa"... mi sensación fue de incredulidad absoluta.
- ¿De verdad? dímelo otra vez? En serio?
- ¡De verdad! (sonriendo siempre). 

Fuera del estrés vivido, había sido todo tan fácil y rápido... no me lo creía. En ese momento, Popeye hubiera parecido a mi lado un alfeñique. Sonreía feliz. ¡¡Hija!! ¡¡sácame una foto!! Y sonreí para mi foto. Piojilla se había despertado, como siempre cuentan las madres que dan a luz en casa. Que hasta el expulsivo, los niños no se enteran de nada. 

Pasaron 4 minutos antes de la siguiente contracción. No siento nada, le dije a Aythami. "No te preocupes, tu cuerpo te da un descanso. Cuando tu quieras, estamos listas..."
Me dio tiempo a agradecerle a Aythami su presencia, a disculparme con Paca que había pagado mi mal humor sin ser culpable, a hacerme la foto, a apoyarme en mi amor y pedir que le trajesen un banquito para que pueda sentarse, a decirle a Piojilla que volviese a la cama y que le llamaríamos ahora mismo, a decirle a mi hija mayor que trajese la toalla roja para recibir al bebé... a pensar en todas las mujeres que estaban a mi lado en ese momento. 

Y sentí mi vagina abrirse. Mi bebé descender... Un pujo que hizo mi cuerpo solo, sin que nadie hablase, sin que nadie interrumpiese, solo el silencio y el sonido de mi voz acompañando el momento. Luego, un micro segundo de ardor en el que en vez de pensar "me muero, me parto en dos" como leí tantas veces, pensé con toda la felicidad del mundo: "¡¡¡estoy pariendo!!!" y entonces otro pujo espontáneo sacó de su pequeña casa a mi bebé... y nació. Sólo fueron seis minutos de expulsivo y lo sé, porque entre foto y foto (tomadas por una emocionadísima hija-doula) sólo hay esa diferencia. Lo recibió Aythami y me lo dio rápidamente .. Piojillo estaba aquí. Todo eran risas y felicidad. Lágrimas emocionadas.




Antes de alumbrar la placenta me hice un vídeo dando las gracias a las mujeres que una noche antes me habían abrazado tanto, allí mismo y desde la distancia. Tomé cuatro vasos de zumo de naranja y brindé por todas.

Mi parto no fue como yo había planificado. Pero, sin lugar a dudas, fue como yo quería. Fui dueña de mis decisiones, de mi cuerpo, de cada instante... desde el enfado, desde la calma, incluso cuando pensé que se había perdido todo. Estuve acompañada por quien amo. Acompañada por las mujeres que me rodean a diario y que en estos siete años me han enseñado tanto.

El parto fue mío. Fue de todas.

Una hora después 










miércoles, 19 de diciembre de 2012

Habemus piojillo - parte dos

Parte dos. ¿¿Y ahora qué??

Las siete. Llevaba una hora así... No tenía nada preparado excepto mi caja "kit de parto", regalo recibido pocos días antes, pero no importaba. No se necesitaba mucho más. Estaba eufórica y decidí que era el momento de llamar a mi matrona.

Mi primera opción, un parto en casa, había sido muy meditada. Pensé muchísimo antes de elegir a la matrona que deseaba que atendiese mi parto. Cuando la encontré y hablamos por primera vez, le dije que mi elección se basaba no sólo en otras experiencias maternas y el "buen rollismo" que podía haber entre nosotras, sino en que consideraba que ella era la persona que podía entender a una parturienta como yo: "cerebral y sin misticismos". Por eso, no quería sustituciones. Quería estar segura de que pasara lo que pasara, ella sería quien me acompañara. Así lo pactamos.

Mi segunda opción era parir en un hospital público, y que si se daba el caso de un traslado, hacerlo a este hospital elegido. Pero por varios motivos no pude hacer la canalización a tiempo y en las últimas consultas con la ginecóloga ésta no se había presentado por estar en huelga... No pude hacer el trámite y mi próxima cita estaba prevista para el 17. Sabía que podía, en todo caso, llegar "de urgencia". Pero mi temor a ser derivada al hospital que me correspondía era inmenso. Organización, método... Quería tener todo "cuadrado" antes del gran día; me quedaban tres semanas...

No hubo tiempo. Después de la gran fiesta de bendición de mi parto, donde al menos 30 mujeres se citaron para darme una sorpresa maravillosa... la oxitocina pudo más. Fueron cientas mis lágrimas de emoción ante tanto amor recibido. Y después de esa noche de abrazos y palabras cariñosas, liberada de las penas de los últimos días... mi cuerpo dijo basta y me abrí como una flor.

Las siete. Estaba muy tranquila y feliz, pensando en lo bien que me sentía, en lo poco que quedaba... dictando a mi hija mayor entre contracción y contracción las cosas pendientes de la semana para que pudiera echarme una mano. Me duché y me arreglé un poco. Quería fotos bonitas. Pedí a Papá Conejo que trajera un par de cosas de la vieja casa. Cogí el teléfono y marqué el número confiada. Hola!!! Siento interrumpir tu sueño, pero tengo contracciones cada siete minutos, bolsa fisurada y aguas claras, tapón expulsado... estoy de parto. 

- Vale. Pero tenemos un problema. Estoy en Bilbao.

De repente todas mis opciones se desvanecieron. A punto de parir, no tenía matrona, ni hospital ni nada.  Me sentí absolutamente abandonada y furiosa. ¿Cómo podía pasarme esto?
Necesitaba pensar con la cabeza fría... Necesitaba sentirme cuidada... Y empezar a decidir entre las posibles opciones. "te llamo en diez minutos, voy a pensar qué hacer", le dije y colgué...


PARTE TRES

domingo, 16 de diciembre de 2012

Habemus piojillo - parte uno

Son las siete menos diez. Llevo con contracciones un buen rato, cada 7 minutos o así... He intentado dormir (casi lo consigo) pensando en que estas contracciones son las de siempre, pero hace cinco minutos, en la última... He fisurado bolsa y expulsado algo de tapón mucoso. La emoción me invade. Estoy de parto.

Ahora mismo, totalmente lúcida, intento pensar en todo lo que me queda por hacer y a quien delegar. Me han fallado mis cálculos por cinco días. O tal vez las emociones de los últimos dos días han sido demasiadas y mi cuerpo ha dicho, venga ya. O tal vez la maravillosa sorpresa de hoy era lo que faltaba para soltarme y sentir que puedo parir tranquila. Tanta oxitocina en el ambiente, tantas lágrimas de alegría y el precioso momento que me ha regalado mi círculo de mujeres, tenía que tener este final. Siento que no estoy sola.

Acabo de hablar contigo y te he dicho:  "hijo, vamos a ello". Por primera vez te he hablado con absoluta seriedad y sin sentimentalismos. Vas a nacer. Te espero. Estoy lista y sé que tú también.
En pocas horas te tendré en mis brazos... Y nuestra casa está todavía patas arriba. Parir entre cajas. Para alguien tan metódico y organizado como yo (hasta provocar el enfado de los que me rodean) que tenía en agenda programado hasta este momento, es un poco locura. Pero todo lo ha sido en este embarazo.
Y otra... Son intensas pero muy llevaderas, como han sido siempre las olas que han traído a mis hijos al mundo. Te acercan a mí.

Me acaba de dar síndrome de nido. Ahora mismo. Quiero ordenar todo antes de que las contracciones se hagan tan fuertes que sólo pueda concentrarme en ellas. Pero es muy temprano y no quiero hacer tanto ruido que se despierten todos. Voy a necesitar gente despierta y hábil en pocas horas. Por mi parte me siento poderosa. Viene a mi mente la imagen de aquel dibujo animado de la infancia, He Man, que cogía una espada mientras gritaba "yo tengo el poderrrr!. Pues lo tengo. Lo tienes.

Estamos tú y yo. Ahora si es cierto. No falta nada...



PARTE DOS

jueves, 13 de diciembre de 2012

Amigas...hadas


Para Ángela, que hace honor a su nombre

Y a Adela, Fran, Ibone, Susana, Candy, María, Eva María, 
María Dolores, Estela, Cósima, mis amigas las ocho grandes
y todas aquellas hadas que me cuidan



Cuando creé Entre Mamás, lo hice porque después del nacimiento de Piojilla me sentí abandonada. No hubo hadas detrás de mí. Sólo yo y la soledad del que está rodeado de gente que no te comprende. Un parto al uso, una lactancia difícil, un puerperio triste. Pensaba, sentía, que un sitio como éste era necesario. Y fui dándole forma muy lentamente... ni en el más remoto sueño imaginaba entonces que algún día se haría de verdad.  No podía imaginar que aquel nacimiento serviría para descubrir gente maravillosa, que marcaría mi vida y mi historia. 


Y ahora otro bebé. Y ya no estoy sola.

Durante estos meses de embarazo vertiginoso, en el que casi no he tenido tiempo de pensar en el cambio que va a suponer un nuevo bebé en la familia, he estado rodeada de hadas revoleteando. 
Hadas que se han ocupado de "surtirme" de todo aquello que podrá necesitar mi hijito, por lo que no he tenido que comprar ni un solo calcetín. 
Será un niño afortunado que se pondrá las ropitas que con amor otras madres eligieron y que con inmenso cariño y agradecimiento usará el mío. Cada detalle ha sido cubierto, por la una y por la otra. Tengo casi todo listo y prácticamente no he movido un dedo. Han sido mis hadas quienes, como en el cuento de la Cenicienta, han ido poniendo cada detalle en su lugar. 

Cada hada-amiga ha buscado entre sus tesoros para ofrecérmelos.... y me siento tan feliz de ello! Me las imagino buscando, doblando, acomodando cada cosita en una bolsa... recordando el momento en que fue usada por su pequeño; pensando en el mío. La emoción me desborda.  

En estos meses he recibido regalos preciosos y maravillosos que me han hecho sentir acompañada. No sólo en lo material, sino sus sabidurías... aquellas cosas que ellas saben hacer tan bien. Una llamada, un abrazo, una charla, un masaje, una visita, un vale "para parir como una reina", un hombro para llorar y una tarde de risas. En un momento de crisis económica como el que vive el país, y lo austero que se ve el futuro venir, se agradecen enormemente estos gestos de amor. Os tengo a cada una en el corazón. 

Lo sabéis: Ha sido un año duro. Perseguir mi sueño de Entre Mamás me ha hecho renunciar a cientos de cosas, una a una. He sacrificado a mi familia más de una vez para levantar cada detalle que me rodea y que le da vida a este espacio. He tenido momentos de bajón importantes y me he sentido impotente por no poder hacer más. Por no tener más horas en el día, por no tener más fuerza física... por no poder invertir más energía en todo esto y en cuidar a mi propia familia. Termino el año agotada.

Y además, el bebé. La llegada de un nuevo bebé fue difícil de asimilar al principio, pero tengo el convencimiento de que nada ocurre porque sí y que este hijito viene a enseñarme algo nuevo. Todavía no sé el parto que me espera... queda tan poquito ya y sigo en la incertidumbre, pero ayer, leyendo el de mi amiga Nuria -con quien comparto miedos y expectativas- sentí que seguramente aquello que suceda, será lo que tenga que suceder. Y también sé que nada le faltará; nada nos faltará: que estará -estaremos- rodeado (s) de otras madres y sus brazos amorosos. 

He recibido muchos regalos, os decía... pero escribo este post pensando en uno especial. 
Anoche, un hada rubia y con acento me dejó una caja sospechosa. "Una cesta de Navidad" me dijo. Para abrir antes del parto... Pedí permiso para abrirla cuando llegase a casa (imposible aguantar más tiempo la curiosidad) y no fue hasta pasada la media noche que pude ponerme a ello. 



Me maravilló. Son muchas cositas, cada una envuelta y pensada con intensidad. Cada una con un valor especial, por lo que simbolizan y para lo que sirven. Nunca he recibido un regalo tan hermoso: Un "kit para parir" como yo quiero... como ella sabe que sueño a pesar de tenerlo tan lejos de mi alcance.
Tener esta caja cerca, abrir cada cosita y entender su uso, oler la vela, encontrar el fuego, descubrir unas pinzas para el pelo e imaginarme con ellas... sonreír con los manjares que en otras circunstancias no me dejarían comer, un espejo para ver la vida que se abre paso, una pelota de parto.... minúsculos pañalitos para él y otros detalles necesarios para el gran día, me han hecho sentir que estaba todo listo. Y que saldrá como imagino... que no hay nada que temer. 

Desenvolviendo cada paquetito me sentí cerca de mi sueño. Lloré de emoción por lo poco que queda y porque mis miedos no son los típicos de mujer embarazada, pero no dejan de estar y de ser. Esta caja, llena de ilusiones, me hizo imaginarme poderosa, pariendo "como una reina" como dice Adela... sin lecciones de humildad, como me dice Ángela.

Como anuncian los de las tarjetas: Hay cosas que el dinero no puede comprar. Gracias de todo corazón por ofrecérmelas.






Niños

Cuando nos enteramos de que habían atentado en Barcelona, mi hija mayor y yo estábamos en una zona igual de concurrida y turística, pero e...